Quería ofrecer resistencia a la unificación
social: sus reglas, doctrinas y otras yerbas que nos congregaban alrededor de
una paleta de colores uniformes. Todo en bien del prójimo, para no dañarlo,
para que no se sienta intimidado y pueda vivir en paz y felicidad. El vecino
era también uno mismo.
Pero las leyes de convivencia eran violadas
a diario y ella podía verlo en cada paso que daba por las veredas, y los que se
animaban a remar en contra de la corriente tenían algo en común: el pelo suelto.
Imaginó que ahí podría estar la clave de la revolución, estaba un poco hastiada
de su vida ocre y quería ser parte del movimiento revolucionario, la sociedad
le podía imponer sus normas pero estaba en ella mandarlas a la puta que los
parió. .
Le faltaba un poco el aire de sólo
pensarlo, así que para poder comenzar de a poco e ir acostumbrando su organismo
al cambio decidió iniciar su revolución desde su casa: ¡¡¡Dejaría de cortar el
pasto!!!!! y no sonrían por favor que el tema no era moco´i pavo. Cada día se
levantaba y antes de cepillarse los dientes o pasarse un peine por la cabeza enmarañada,
tomaba la regla y medía la altura del césped: 10 cm era lo justo, ni más ni
menos. ¡Pero eso ya era historia! La sociedad y su discurso sobre la
conservación del hogar en estado de limpieza absoluta para que no se generen
plagas como víboras, roedores o duendes africanos venenosos estaba a punto de
ser tirada a la basura, y si alguien se acercaba a decirle algo, se soltaría el
cabello trenzado y los atacaría con sus nuevas ideas liberales... y que dicho
sea de paso, distaban de ser altruistas.
La nueva mujer se sentó en la puerta de la
casa a ver crecer el césped, tiró a la calle la regla para no tentarse y se
abstuvo de comer para no vomitar lo que el estómago tenía, cada vez que se cercioraba
de los milímetros de plantas que se comían altura, oxígeno y la visibilidad.
Durante un mes se paseó por el interior de
la casa, con la ropa sucia, el rostro demacrado, ingiriendo mínimas raciones de
comida y agua. Miraba de reojo la podadora y se mojaba con orgasmos feroces. ¿Sería
posible que la revolución empezara desde lo insano? ¿Estaban locos los que
pensaban distintos y querían romper el yugo para levantarse como seres
individuales e independientes del grupo mayoritario? ¿Ella quería eso?
El cuadragésimo día decidió que los cambios
no eran para ella, que necesitaba sentirse parte del tibio confort de no
decidir, de imitar, sonreír y vagar por la existencia siendo la excelente
persona que siempre fue.
Tomó la podadora, abrió la puerta y un
monte de dos metros cincuenta de altura la atrapó entre sus garras espinosas,
gritó alarmada, intentó entrar nuevamente pero las serpientes se le enredaron
en las piernas y las arañas subieron buscando los orificios de la cara para poder
anidar y tener crías.
A la vecina la encontraron muerta, abrazada
a su podadora, en medio del jardín, con un pasto de casi 80 centímetros. Todos
negaban con la cabeza cuando vieron a los forenses luchar por separar las manos
duras del mango de la cortadora de césped, no había dudas, ser distinto no sólo
era insano... ¡ponía en peligro sus vidas!
Diana Beláustegui.

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