sábado, 13 de octubre de 2012

LA PODADORA


Quería ofrecer resistencia a la unificación social: sus reglas, doctrinas y otras yerbas que nos congregaban alrededor de una paleta de colores uniformes. Todo en bien del prójimo, para no dañarlo, para que no se sienta intimidado y pueda vivir en paz y felicidad. El vecino era también uno mismo.
Pero las leyes de convivencia eran violadas a diario y ella podía verlo en cada paso que daba por las veredas, y los que se animaban a remar en contra de la corriente tenían algo en común: el pelo suelto. Imaginó que ahí podría estar la clave de la revolución, estaba un poco hastiada de su vida ocre y quería ser parte del movimiento revolucionario, la sociedad le podía imponer sus normas pero estaba en ella mandarlas a la puta que los parió. .
Le faltaba un poco el aire de sólo pensarlo, así que para poder comenzar de a poco e ir acostumbrando su organismo al cambio decidió iniciar su revolución desde su casa: ¡¡¡Dejaría de cortar el pasto!!!!! y no sonrían por favor que el tema no era moco´i pavo. Cada día se levantaba y antes de cepillarse los dientes o pasarse un peine por la cabeza enmarañada, tomaba la regla y medía la altura del césped: 10 cm era lo justo, ni más ni menos. ¡Pero eso ya era historia! La sociedad y su discurso sobre la conservación del hogar en estado de limpieza absoluta para que no se generen plagas como víboras, roedores o duendes africanos venenosos estaba a punto de ser tirada a la basura, y si alguien se acercaba a decirle algo, se soltaría el cabello trenzado y los atacaría con sus nuevas ideas liberales... y que dicho sea de paso, distaban de ser altruistas.
La nueva mujer se sentó en la puerta de la casa a ver crecer el césped, tiró a la calle la regla para no tentarse y se abstuvo de comer para no vomitar lo que el estómago tenía, cada vez que se cercioraba de los milímetros de plantas que se comían altura, oxígeno y la visibilidad.
Durante un mes se paseó por el interior de la casa, con la ropa sucia, el rostro demacrado, ingiriendo mínimas raciones de comida y agua. Miraba de reojo la podadora y se mojaba con orgasmos feroces. ¿Sería posible que la revolución empezara desde lo insano? ¿Estaban locos los que pensaban distintos y querían romper el yugo para levantarse como seres individuales e independientes del grupo mayoritario? ¿Ella quería eso?
El cuadragésimo día decidió que los cambios no eran para ella, que necesitaba sentirse parte del tibio confort de no decidir, de imitar, sonreír y vagar por la existencia siendo la excelente persona que siempre fue.
Tomó la podadora, abrió la puerta y un monte de dos metros cincuenta de altura la atrapó entre sus garras espinosas, gritó alarmada, intentó entrar nuevamente pero las serpientes se le enredaron en las piernas y las arañas subieron buscando los orificios de la cara para poder anidar y tener crías.
A la vecina la encontraron muerta, abrazada a su podadora, en medio del jardín, con un pasto de casi 80 centímetros. Todos negaban con la cabeza cuando vieron a los forenses luchar por separar las manos duras del mango de la cortadora de césped, no había dudas, ser distinto no sólo era insano... ¡ponía en peligro sus vidas!

             Diana  Beláustegui.


No hay comentarios:

Publicar un comentario