domingo, 7 de octubre de 2012

Blanco y negro


Temía despertar y no encontrar diferencias.
Un día amanecer siendo la oscura mujer que la atormentaba durante el descanso.
Se miraba en el espejo y se comparaba con ella. Se descubrió varias veces usando posturas que no coincidían con lo que era.
-Te estas poniendo vieja y patética- se susurró una vez y dejó pasar al cambio, le dio la bienvenida a su vida sonora y diarreicamente (las modificaciones le traían trastornos nefastos a sus intestinos).
Esa mañana tomó una pantufla y le pegó de lleno en la cara a su marido que dormía y salió gritando:
-Nunca más me dominarás, soy una mujer que desde hoy rompe el yugo que la tiene atada a cualquier forma de condicionamiento impuesto por la sociedad, ya no estoy casada con vos, ya no te pertenezco, me voy- y dejó al pobre hombre, que nunca le había levantado la voz ni para pedir auxilio, con una mano apretándose el pecho y la otra refregándose la cara enrojecida.
De la pobreza pasó a la miseria.
Se construyó una tapera en medio del monte y sobrevivió resucitando un lado salvaje que ignoraba poseer.
Su mujer oscura y alienada dejó de torturarla en sueños, había cumplido con lo que pedía aquel personaje y al romper lazos y bajar a un nivel básico en la evolución se había mimetizado con ella dando lugar a un vacío que debería llenar con la que se forjaría de la nada.
Se las arregló como mejor pudo, gritando de impotencia durante las noches, pidiendo a gritos una paz que no lograba hallar en la casa, ni en el monte, ni en la soledad de su nueva vida; y así fue como comenzó a soñar con la mujer que había sido.
Se despertaba intentando abrazar a su hombre o tratando de tomar un espejo para realizar su antiguo ritual de belleza.
La bestia que saliera de sus sueños y se apropiara de ella la dominaba durante el día, no hubo otra salida que enfrentarla en sueños.
Al séptimo mes lo hizo.
Se encontraron una noche frente a frente, la mujer delicada, frágil, bonita, iluminada entre rubores y adornos, y la otra: básica, brutal, intolerante, primitiva, sin rituales ni lazos, libre... tan libre que ardía como un hierro candente en lo profundo de los ovarios.
La lucha feroz duró las noches de tres meses, finalizados estos regresó a su hogar.
Encontró a su hombre sentado en la mesa, tomando una taza de té.
No dijo nada, entró, le dio un beso, se bañó y reapareció, pulcra, vestida, pintada, adornada con sus mejores accesorios y se sentó a su lado.
El hombre, acostumbrado a los desvaríos de su mujer, sonrió complacido y le tocó la cabeza.
La bestia saltó y con un grito salvaje lo atacó dejándolo semi inconsciente tirado en el piso, cuando la furia cedió se alisó las arrugas del vestido y se sentó nuevamente para terminar de tomar el té que él había dejado.
Los riesgos de un pacto estaban bañaditos y perfumados sentados a la mesa, cruzando las piernas, limándose las uñas. Las dos mujeres, incapaces de vencerse una a la otra, ¡habían decido convivir en un solo frasco!

                                                                                                                                                      Diana Beláustegui.


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