domingo, 7 de octubre de 2012

Identificación duplicada.


Me refleje en el espejo. Mostró un grito desaforado. Luego de un par de minutos maquillándome lo descubrí.
¡Jure en nombre de mi conciencia no verme así! ¡Prometí a un Dios irreal que no me iba a convertir en la fantasma de mi niñez!
Caí, sentí mi cuerpo descender lentamente, relajarse, al aire atravesar sin escrúpulos mi delgada camisola, sentí… el suelo. Duro, frío, crujiente.
Grité por dentro, no podía emitir sonido hacia afuera, patalee, gemí, golpeé, destruí, sollocé.
Me había convertido en eso, en mi alter ego, en ELLA.
En esa mujer independiente, constantemente entumecida, en mi no yo. ¿o a caso fue que en realidad esa era mi realidad, ser un duplicado?
Recupere lo que había perdido, fuerzas, me levante y con el mayor coraje que nunca tuve, mire mi cabello negro, mi tés pálida, los labios rojos, sentí las manos tersas, la piel flácida, las lágrima negra revoloteando hasta llegar a mi labio, y sentir ese sabor, ese sabor a… adultez putrefacta.
Sostuve el delineador a lápiz que había caído, por supuesto, de punta hacia el piso, busque la trincheta, debía corregir el maquillaje.
Sostuve la mirada al espejo y comenzó a recorrer por mi cuerpo su filo y con él la espesura liquida de mi interior. Volví la mirada hacia él, ¿era yo?

                                                                  Majo Bazán.


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