Me refleje en el espejo. Mostró un grito
desaforado. Luego de un par de minutos maquillándome lo descubrí.
¡Jure en nombre de mi conciencia no verme
así! ¡Prometí a un Dios irreal que no me iba a convertir en la fantasma de mi
niñez!
Caí, sentí mi cuerpo descender lentamente,
relajarse, al aire atravesar sin escrúpulos mi delgada camisola, sentí… el
suelo. Duro, frío, crujiente.
Grité por dentro, no podía emitir sonido
hacia afuera, patalee, gemí, golpeé, destruí, sollocé.
Me había convertido en eso, en mi alter
ego, en ELLA.
En esa mujer independiente, constantemente
entumecida, en mi no yo. ¿o a caso fue que en realidad esa era mi realidad, ser
un duplicado?
Recupere lo que había perdido, fuerzas, me
levante y con el mayor coraje que nunca tuve, mire mi cabello negro, mi tés
pálida, los labios rojos, sentí las manos tersas, la piel flácida, las lágrima
negra revoloteando hasta llegar a mi labio, y sentir ese sabor, ese sabor a…
adultez putrefacta.
Sostuve el delineador a lápiz que había
caído, por supuesto, de punta hacia el piso, busque la trincheta, debía
corregir el maquillaje.
Sostuve la mirada al espejo y comenzó a
recorrer por mi cuerpo su filo y con él la espesura liquida de mi interior.
Volví la mirada hacia él, ¿era yo?
Majo Bazán.

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