Vivir en la oscuridad del alma y de la mente le auguraban días para transitar, sin la excitante silueta del suicidio que la seducía con su calidez casi lujuriosa. La falta de luz le aseguraba no poder ver la podredumbre. Las fosas nasales ya estaban acostumbradas al hedor y el sentido por consiguiente, anulado. En un tacho acumulaba los huesitos, si es que los había, y la poca carne, macerada, la deglutía entre arcadas cuando el hambre le arrancaba un lamento sonoro. No abría ni las ventanas. Pero las heridas sanaban. Hubiese preferido una septicemia venenosa que no jugara con su psiquis, pero era difícil transgredir su propia mente, entonces emergía, abría la puerta, se aventuraba al sol y cuando el todopoderoso, rey macho, la dejaba preñada nuevamente, contaba los meses con los dedos. Uno, dos, a veces tres. Si estaba segura de que la semilla podrida había encontrado tierra fértil, tomaba las agujas de tejer, se auto ultrajaba y aseguraba el almuerzo de los próximos días.
Diana Belaustegui
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| Diana Belaustegui |

¡Genial Diana!
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